Las guerras ya no las gana el que es más fuerte sino quien más resiste. Irán y Ucrania lo demuestran con creces. Sobre el papel apenas tenían opciones, y hoy no solo resisten sino que marcan el paso de las guerras con Estados Unidos y Rusia.

La tecnología iguala el campo de batalla. Los ejércitos a priori más vulnerables adquieren una ventaja estratégica con los drones y la inteligencia artificial. En consecuencia, tanto Estados Unidos como Rusia pierden su fuerza disuasoria.
Estados Unidos, con ayuda de Israel, ha destruido más de 13.000 objetivos en Irán. Esta capacidad de fuego, sin embargo, no ha doblegado a la república islámica, que se ha defendido lanzando más de 2.200 misiles y 4.400 drones contra bases militares de Estados Unidos y sus aliados en el Golfo, que también han visto dañadas sus infraestructuras energéticas.
A Irán y a Ucrania les faltan defensas antiaéreas, pero esta vulnerabilidad no es suficiente para ser derrotados. La posibilidad de hacer daño con muy poco –un dron contra un avión de combate, por ejemplo– es decisiva.
La tecnología de los drones y la IA equilibra el campo de batalla y alarga los conflictos
Un dron marítimo ucraniano cuesta unos 300.000 dólares y puede hundir una fragata rusa valorada en cientos de millones.
Ucrania es hoy capaz de fabricar cuatro millones de drones al año. Estados Unidos solo 50.000 y no son ni la mitad de buenos.
Los drones ucranianos utilizan componentes chinos porque es la empresa china DJI la que domina la producción mundial de drones para aficionados. El Pentágono no puede admitir componentes electrónicos chinos, aunque sean buenos y baratos. Está obligado a fabricar los suyos, más caros y, de momento, no tan efectivos.
Nada de esto habían pensado Trump y Putin cuando decidieron entrar en guerra. Se las prometían felices, pero están atrapados. Ambos son hoy mucho menos populares que antes de atacar Ucrania e Irán. Las economías de Rusia y Estados Unidos se resienten. Los rusos y los estadounidenses sufren las consecuencias. Sube la inflación. Cuesta más llenar el depósito.
Irán y Ucrania demuestran cómo los modelos de lenguaje cambian la relación de fuerzas. Ahora, los ejércitos con inferioridad de armas y tropa lo tienen más fácil para resistir. La tentación de Trump y Putin es escalar el conflicto, pero ni así salen de la trampa en la que están metidos.
La tecnología quita poder a los grandes y, de rebote, alarga las guerras. Nadie se rinde y nadie se impone.

