
“He visto cosas que vosotros no creeríais”. Así comienza el monólogo final de Roy Batty en la mítica película Blade runner . Antes de desaparecer, el replicante evoca imágenes extraordinarias de la frontera de lo que es conocido.
Como inversores también hemos cruzado imposibles: bancos centrales con tipos cercanos a cero durante más de una década, gobiernos con déficits gigantescos sin una crisis de financiación y deudas públicas en niveles récord sin provocar un rechazo masivo de los mercados.
Cambios
Las grandes transformacio-nes no avisan; se reconocen cuando es tarde, cuando ya no es posible dar marcha atrás
Parecía improbable que algunas compañías valieran más que economías enteras, que la inteligencia artificial pasara en cuatro días de promesa tecnológica a principal argumento de inversión, que los estados volvieran a entrar en el capital de empresas consideradas estratégicas o que la geopolítica recuperara un protagonismo que creíamos superado. Por ejemplo, Estados Unidos ha convertido las ayudas del Chips Act en cerca del 10% del capital de la empresa Intel: tecnología, política industrial y geopolítica en una sola operación.
Sin embargo, aquí estamos.
Y lo verdaderamente sorprendente es la velocidad con la que han dejado de parecernos extraordinarios. Los mercados tienen una capacidad asombrosa para normalizar lo excepcional, para convertir una anomalía en parte del paisaje. Cada récord se explica, se justifica, se descuenta; a la tercera vez, ya nadie levanta la vista. Lo impensable se ha vuelto habitual. Por eso, seguir buscando referencias en el mundo de ayer –globalizado, con inflación contenida, tipos cero y una geopolítica reducida a un riesgo de cola– es conducir mirando por el retrovisor.
Esta frontera que hemos cruzado, ¿nos llevará a más prosperidad o más tensiones? Fragmentación de las cadenas de suministro, rivalidad tecnológica entre bloques, el regreso de la política industrial, una inteligencia artificial que promete un salto de productividad y amenaza millones de empleos a la vez. Lo único evidente es que ninguna cabe ya en el mundo que dejamos atrás.
Tannhäuser era el umbral tras el cual la experiencia dejaba de servir de guía. Lo inquietante no es haberlo cruzado, sino haberlo hecho sin darnos cuenta, mientras estábamos entretenidos en otra cosa. Las grandes transformaciones no avisan; se reconocen tarde, cuando ya no es posible dar marcha atrás. Y quizá esa sea la lección –o quizá solo lo parezca–: el ruido del día a día no nos deja ver los rayos-C brillando cerca de la puerta de Tannhäuser.
