China ha confirmado este lunes la visita del presidente de Estados Unidos a Pekín, que tendrá como puntos culminantes sendos encuentros con su homólogo Xi Jinping, este jueves y viernes. El Air Force One aterrizará en la capital china en la tarde-noche del miércoles 13 de mayo. Que una cumbre de tamaña importancia sea comunicada oficialmente con apenas dos días de antelación da fe de la incertidumbre del momento, con ambos países pendientes de la evolución del frágil alto el fuego entre Washington y Teherán.
El ministerio de Exteriores de China ha reconocido que “la paz mundial” estará en el centro de la discusión, junto a “temas bilaterales”. Washington incluye en el programa las tierras raras, la IA, la tregua arancelaria o la disputa de Taiwán, aunque esta última, para Pekín, sea un asunto exclusivamente doméstico.
Casi tan importante como la cita entre jefes de estado es la negociación previa, este martes y miércoles en Corea del Sur, entre el secretario del Tesoro, Scott Bessent y el viceprimer ministro chino, He Lifeng. Ambos afinaron las conversaciones comerciales, a lo largo de meses y en distintos escenarios, antes de la tregua arancelaria suscrita en octubre entre sus respectivos presidentes, también en Corea del Sur.
Esta vez se espera que China se comprometa a compras más sustanciales de hidrocarburos y productos agropecuarios estadounidenses, así como de un mayor número de aviones Boeing, a fin de reducir su abultado superávit comercial. Como muestra de cooperación, China ha anunciado hoy que el mes pasado hubo una actuación conjunta con EE.UU. contra el tráfico de drogas sintéticas -otra de las obsesiones de Trump- en la que resultaron detenidos cinco individuos de nacionalidad china o estadounidense, en ambos países.
El viaje oficial incluirá el Templo del Cielo y un banquete de Estado, pero menos fanfarria que en 2017, por el contexto bélico. Aunque la visita estaba programada para principios de abril, fue pospuesta a causa del avispero iraní. Esta semana, muchas miradas estarán centradas en la incidencia de la cumbre en el doble cerrojo que atenaza el suministro mundial de crudo.
“Lo más importante es que no se reanude la guerra”, ha dicho un portavoz del ministerio de Exteriores de China. Este, no obstante, no ha escondido su contrariedad por la reciente inclusión de tres empresas chinas de satélites en la lista negra de Washington, acusadas de colaborar con Irán.
A ello hay que añadir el último mensaje de Donald Trump en su red social, expresando su decepción mayúsucula porque la respuesta iraní a su plan de paz es “totalmente inaceptable”. De modo que pronto sabremos si la cita de Pekín contribuye a poner paz en el mundo o se limita a un intermedio comercial.
En cualquiera de los casos, una vez confirmada, será la primera vez que un presidente de los EE.UU. ponga los pies en China en los últimos nueve años. El anterior fue el propio Trump, ya que su sucesor, Joe Biden, optó por no viajar al gigante asiático. El giro a Asia, prometido ya en tiempos de Barak Obama -hace más de quince años- sigue sin materializarse de forma decisiva, debido a sucesivos empantanamientos en Oriente Medio.
Quien más pendiente está es el actual gobierno de Taiwán, presidido por Lai Ching Te, con el que Pekín se niega a mantener cualquier contacto, por su sesgo “secesionista”. No así con la jefa de la oposición -y del Kuomintang- Cheng li Wun, que hace un mes fue recibida en Pekín por Xi Jinping. Acto seguido, la República Popular de China flexibilizó varias de las restricciones que afectaban a los vuelos e intercambios comerciales, turísticos y culturales con Taiwán.
En justa correspondencia, el Yuan Legislativo (el parlamento de la autodenominada República de China, en el que domina la oposición) aprobó la semana pasada un aumento del presupuesto militar de 25.000 millones de dólares, muy por debajo de las demandas de Washington y de las promesas de Lai Ching Te, de 40.000 millones.
