
Mientras el milagro económico de Pedro Sánchez recorría titulares en el extranjero y el presidente exhibía en los mítines el catálogo de avances sociales impulsados por su Gobierno, más de la mitad de los españoles daba por hecho que la situación económica empeoraba y seguiría haciéndolo. No es que hubiera una superinflación de visionarios de la guerra de Irán que estaba por venir. Los datos que reflejaba el CIS en su índice de confianza en el consumo de febrero eran el resultado de un estado de ánimo forjado a fuego en espacios como la charlotada en la que Isabel Díaz Ayuso ha convertido la Asamblea de Madrid. “El pueblo español les da la espalda y, por eso, lo tienen bien jodío ”, se burlaba esta semana la presidenta madrileña en su particular Sálvame .

En un escenario de degradación del debate político, la seducción de la gestión ante el electorado es limitada. Sánchez ha comprobado que rinde mucho más convertirse en el toro bravo frente a Donald Trump, protagonizar los cánticos de los hinchas del Samsunspor turco –“¡Pedro Sánchez Atatürk!”– antes de enfrentarse al Rayo Vallecano o sumar cientos de miles de seguidores en esas redes sociales que quiere limpiar con HODIO, su herramienta contra la polarización digital.
La reivindicación del gobernante gestor ha quedado sepultada por el ruido. Nada amalgama más a los votantes que una bandera: la del antisanchismo por la derecha, la del antitrumpismo por la izquierda… La confrontación es tan cruda que incluso el embajador del “No a la guerra” en el 2003, José Luis Rodríguez Zapatero, ha entrado en el juego. En el Senado se puso una medalla por el resultado de las últimas elecciones generales y, de mitin en mitin autonómico, proclama que quiere más: “¡Qué ganas tengo de que lleguen las generales! ¡Qué campaña me voy a tirar!”.
No se espera un efecto Sánchez en las elecciones de Castilla y León, ni se sabe si lo habrá en las andaluzas, aún pendientes de convocatoria. El electoralismo crónico impregna también la negociación presupuestaria en Catalunya. Salvador Illa anda inmerso en un sprint de pactos para pacificar los servicios públicos y desencallar proyectos bloqueados desde hace décadas. La presidencia de Illa se vinculó a concesiones del Gobierno de Sánchez, que tiene una semana para convencer a Oriol Junqueras de las ventajas de la estabilidad en medio del caos. El tiempo corre… “corre para ellos”, sostienen en ERC.
Pese a la total incertidumbre, Illa se aferra a la máxima ignaciana de no hacer mudanza en tiempos de tribulación. Tampoco hay elecciones a la vista en España, pese al renacer antibelicista de Sánchez. Tras dos semanas concentrados en los misiles, irrumpe el miedo a la inflación. “Lo vamos a pagar todos. Ya lo estamos pagando”, advirtió Sánchez. El guion está escrito desde la última crisis inflacionaria: escalada de precios, aumento de los tipos de interés y giro a la extrema derecha…
El presidente necesita victorias; que Illa tenga presupuestos suma tanto como chocar con Trump
El Gobierno tiene margen de maniobra gracias a los niveles récord de ingresos fiscales: en el 2025, recaudó 320.000 millones, y la previsión para el 2026 es de 350.000. Hacienda no ha deflactado el IRPF y parte de las subidas de sueldo vuelven a las arcas del Estado. Es, además, el primer beneficiario de la subida de los carburantes, la electricidad y el gas. Solo en IVA de la gasolina y el gasóleo ingresará unos 284 millones extra en marzo.
El Banco de España cifró el coste de las medidas de la anterior crisis en alrededor de 38.000 millones. Los anuncios parciales están lanzados, pero no se materializan, y Sánchez aún tardará diez días en comparecer en el Congreso. Los tiempos impuestos por la Moncloa chocan con el alud de propuestas del PP reclamando una reducción de impuestos a Sánchez, y de Junts dirigidas a Illa.
¿Sánchez está jodío , como dice Ayuso? Necesita victorias y, a falta de resultados electorales, que el mascarón de proa catalán logre afianzar la legislatura con unos presupuestos. Sería una bocanada de aire, como la concedida por Trump. En ERC evitan vaticinios sobre la votación del próximo viernes en el Parlament. Hoy celebran 95 años y no se dan por aludidos en un ambiente bélico y las previsiones de caída del PIB. “Los presupuestos de Catalunya no dependen del estrecho de Ormuz…”.

