Hacia la independencia de EE.UU.

El show de Mark Rutte en Ankara comenzó mucho antes de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aterrizase, con ganas de bronca, con su nuevo Air Force One en el recién estrenado aeródromo de la capital turca.

El secretario general de la OTAN quiso recibir al republicano con una lluvia de millones. No muy lejos del palacio presidencial donde tuvo lugar, el martes por la noche, la cena oficial para los líderes y sus consortes, Rutte organizó un desfile de armas, directivos y primeros ministros, con nuevos contratos valorados en 50.000 millones de dólares, entre el que destaca un acuerdo con la sueca Saab para reemplazar la flota de aviones de vigilancia Awacs fabricados por la estadounidense Boeing.

Son señales del camino de Europa y Canadá hacia la independencia en seguridad de la Casa Blanca. Digerido el caos político propiciado por Trump, quien pasó de arremeter contra España y amenazar a Groenlandia a irse satisfecho por el “amor” recibido, la conclusión de la cumbre de Ankara es que los cambios de responsabilidades y cargas entre EE.UU. y los aliados europeos y Canadá siguen el camino iniciado hace meses.

Hay que distinguir dos frentes: el operativo y el político. A nivel operativo las cosas marchan fluidamente hacia lo que el Pentágono llama ya la OTAN 3.0, es decir, una organización militar en que EE.UU. reduzca su peso en la defensa convencional europea –manteniendo el paraguas nuclear– y sean los aliados europeos quienes asuman la principal responsabilidad de su propia defensa. Esto es algo que ya casi todos los aliados han asumido.

Aquí, a niveles de Fuerzas Armadas, de embajadores y de altos mandos de la OTAN, parece seguir existiendo cooperación y fidelidad. Washington ha reducido su contribución el Modelo de Fuerzas de la OTAN –el listado de buques, cazas y demás efectivos disponibles en caso de ataque grave– pero su vacío, según distintas fuentes, ha sido colmado con tranquilidad por los grandes países europeos, entre ellos España.

Los europeos cumplen las exigencias de gasto

La OTAN aprovechó el palco de Ankara para presentar ante Washington una actualización de cifras del gasto en defensa: en el 2025 los aliados europeos y canadienses aumentaron su gasto de defensa en un 20% más que en el ejercicio anterior, y este año reducirán la brecha con EE.UU. Solo tres países están por debajo del 2% del PIB (Albania, República Checa y Eslovenia). Según las previsiones, se estima que EE.UU. destine un 3,17 %, mientras que Alemania se sitúa en el 2,69%, el Reino Unido en el 2,56% y Francia en el 2,22%. En total, se prevé que los miembros europeos de la OTAN y Canadá destinen en el 2026 un 2,53% del PIB a la defensa convencional.

El Pentágono también ha modificado mandos importantes, dejando en manos europeas las bases de Norfolk y Nápoles, y los aliados esperan con cierta resignación, pero pidiendo previsibilidad a la cúpula estadounidense, la revisión anunciada por el secretario de Defensa de EE.UU., Pete Hegseth, que podría reducir considerablemente el número de tropas en el continente. Los resultados se esperan a final de año, todo, mientras en algunos países nórdicos y bálticos crece la preocupación por una agresión de Rusia a medio plazo.

El problema es que, mientras los europeos navegan como pueden para adaptarse a todos estos cambios, en el otro lado del Atlántico se encuentran con un líder completamente impredecible que no solo cambia de opinión sobre importantes cuestiones geopolíticas en cuestión de horas, sino que vincula su compromiso con la defensa colectiva con la sumisión de los aliados en decisiones unilaterales. Como la agresión sobre Irán.

“Está la OTAN operativa, está la OTAN política, y está la OTAN emocional, algo que realmente importa ahora mismo porque vivimos una crisis de confianza”, explica Ian Lesser, director en Bruselas del think tank Gerlessman Marshal Fund. “Los temas ya no van por carriles separados: el comercio y la ideología ahora se entrelazan con la seguridad. Es imposible aislar a la OTAN o mantener una relación predecible cuando el ánimo transatlántico está afectado por conflictos como una guerra comercial”, explica el experto.

La pregunta ahora es hasta cuánto estará dispuesto a ir el Pentágono en su visión de la OTAN 3.0. Es decir, si pretende conservar la estructura actual de disuasión, con una Europa que rellene huecos puntuales dejados por Estados Unidos en capacidades convencionales o mandos puntuales, o si fuerza a una revisión profunda del modelo de la Alianza, algo mucho más costoso para los europeos.

La clave de esta respuesta no es tanto el número de tropas estadounidenses presente en el continente, sino toda aquella tecnología para la que no existe un remplazo europeo. Son los llamados habilitadores críticos, aquellas capacidades de reconocimiento, vigilancia e inteligencia, así como logística, reabastecimiento en vuelo y transporte, de los que la OTAN ha dependido tradicionalmente de forma masiva de EE.UU., por lo que para Europa podría ser muy caro y difícil sustituirlos.

Además, existe una conexión directa entre estos habilitadores convencionales y el paraguas nuclear estadounidense, por lo que, si la presencia de defensa convencional de EE.UU. cae por debajo de un cierto nivel, el paraguas nuclear “perdería credibilidad”, advierte Lesser.

“Parte de la preocupación, sobre todo en lo que respecta a esta relación entre las armas convencionales y las nucleares, radica en que las decisiones que se tomen hoy pueden tener consecuencias para la disuasión durante las próximas décadas”, indica el analista, recién aterrizado de Ankara.

La encrucijada no es fácil. Los europeos también deberán decidir si, en este camino hacia la independencia en seguridad, quieren hacer el esfuerzo económico y político de invertir en crear una nueva arquitectura disuasoria capaz de funcionar sin el amigo estadounidense.

Anna Buj Cussó

Corresponsal en Bruselas. Antes, al frente de la corresponsalía en Italia y el Vaticano de La Vanguardia y RAC1 (2018-2024). Es autora de ‘Laboratori Itàlia’ (Pòrtic, 2024).

También te puede interesar