Nadie sospechó nada. El pasado 24 de abril, un paciente sucumbió a una mezcla letal de fiebre alta, diarreas y hemorragias en un centro médico de Bunia, la capital de la región de Ituri, en el noreste de la República Democrática del Congo. En una zona afectada por enfermedades tropicales, con la presencia recurrente de cólera o malaria, aquella muerte no despertó demasiadas suspicacias.
Horas después el cuerpo fue trasladado a 70 kilómetros hasta el hogar del difunto, en la localidad minera de Mongbwalu, donde fue enterrado tras una ceremonia tradicional, en la que los familiares y amigos tocaron e incluso se abrazaron al cadáver.
Ninguno de los presentes era consciente de que estaban ante el primer caso registrado de ébola de la que, según los expertos, será una de las peores emergencias de este virus de la historia.
Aquel primer caso de ébola ocurría además, en el peor lugar posible: una región en guerra y salpicada de decenas de milicias armadas.
El polvorín del este de Congo
Más de 120 milicias armadas operan en las tres provincias congolesas que han registrado casos confirmados de ébola
A la tardanza en detectar los primeros casos, la ausencia de vacunas para la variante Bundibugyo y las dificultades para contener una epidemia que se propaga más rápido que los esfuerzos para detenerla, se añade en esta ocasión el impacto del recorte de la ayuda internacional y un contexto de inseguridad y violencia histórica pero sin precedentes por su magnitud y extensión, con la presencia de más de 120 grupos rebeldes en la zona, la mayoría financiados por la extracción artesanal de minerales.
Aunque muchos de ellos son milicias pequeñas y desorganizadas, algunas son muy activas y poderosas y suponen un peligro notable para la población o los trabajadores humanitarios como el grupo yihadista Fuerzas Democráticas Aliadas, la rama local del Estado Islámico, la Cooperativa de Desarrollo de Congo (Codeco) o la Convención para la Revolución Popular (CRP), un movimiento rebelde liderado por Thomas Lubanga, condenado como criminal de guerra y reclutamiento de niños por la Corte Penal Internacional. Las tres bandas armadas operan en la provincia de Ituri, zona cero de la actual crisis.
Riesgo para la población local y los cooperantes
Aunque hay milicias desorganizadas, algunas suponen un gran peligro como el grupo yihadista Fuerzas Democráticas Aliadas, la rama local del Estado Islámico
En las provincias de Kivu Norte y Kivu Sur, donde ya se ha expandido la enfermedad con varios casos confirmados en ciudades pobladas como Goma, Bukavu o Lwiro, hay también un contexto de varios grupos rebeldes de distinto pelaje como los Mai Mai o Raia Mutomboki, pero sobre todo un contexto excepcional desde hace meses y que supone una traba evidente a la coordinación de la ayuda: si la región de Ituri está bajo el mando del Gobierno de Congo, buena parte de los dos Kivus está controlada por el grupo M23, con el respaldo de la vecina Ruanda, que ha creado una administración paralela y mantiene combates constantes con el ejército congolés o con una milicia popular, Wazalendo, que apoya los intereses de Kinsasa.
Territorios sin gobierno de Kinsasa
En Kivu Norte y Kivu Sur, el grupo rebelde M23 ha creado una administración paralela y manda en ciudades pobladas como Goma o Bukavu
Aunque Congo ha sufrido antes hasta 16 brotes de ébola y tiene experiencia en lidiar con el virus en zonas de guerra, el actual contexto de violencia preocupa a los actores que combaten la epidemia. El Comité de Rescate Internacional advirtió esta semana que el conflicto “exacerba la crisis y aumenta el riesgo de contagio regional. La inseguridad generalizada fue una de las razones clave por las que el brote de 2018-2020 (también en Congo) se descontroló tanto. La situación ahora es todavía peor”.

Además de haber provocado un millón de desplazados en los últimos meses, la guerra y la presencia de milicias en zonas afectadas dificultan el movimiento de los organismos y organizaciones humanitarias, complican el acceso al material imprescindible para la protección de los profesionales de la salud locales y ponen en riesgo la seguridad del personal y los pacientes en las zonas de contención de la epidemia.
“Es la tormenta perfecta”. Al otro lado del teléfono, Lucía Morera, responsable de operaciones para Congo de Médicos Sin Fronteras, uno de los actores con más presencia en el este del país y organización de referencia en la lucha contra el ébola en anteriores emergencias, suspira con rabia al analizar la situación de un virus que se expande sin control, con más de 1000 casos sospechosos y confirmados y 220 muertes en Congo, y que ya se ha extendido a la vecina Uganda, con siete casos confirmados.
Es la tormenta perfecta (…) A menudo tenemos que negociar con grupos armados para obtener permiso para acceder a zonas que necesitan nuestra intervención, que a causa de la inseguridad durante años han sufrido movimientos masivos de población, destrucción de infraestructuras sanitarias y en las que hay desconfianza hacia las autoridades”
Para Morera, el reto actual es mayúsculo. “El contexto de conflicto y la presencia de milicias aumenta la complejidad de la respuesta ante la emergencia. A menudo tenemos que negociar con grupos armados para obtener permiso para acceder a zonas que necesitan nuestra intervención, que a causa de la inseguridad durante años han sufrido movimientos masivos de población, destrucción de infraestructuras sanitarias y en las que hay desconfianza hacia las autoridades. La división territorial entre zonas bajo la administración del estado y otras controladas por el M23, donde los aeropuertos en las provincias de los dos Kivus están cerrados, complica todavía más las cosas. Esto ocurre además con cortes muy drásticos de fondos humanitarios que complican aún más la respuesta ante el ébola”.
La imposibilidad de atravesar territorios bajo el control de facciones enfrentadas ha obligado a las oenegés a crear hasta tres bases diferentes de almacenamiento de material logístico y sanitario para contener la epidemia y conlleva una pérdida de tiempo crucial para detener nuevos contagios, ya que a menudo se deben realizar varias negociaciones para obtener el paso con milicias diferentes, entre las que no siempre hay una jerarquía clara o en las que fallan los canales de comunicación internos.
El miércoles, el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, pidió un “alto el fuego inmediato” para poder contener el brote en la zona. “No podemos generar confianza en las comunidades ni aislar a los enfermos mientras caen bombas”, insistió. Al final de su comunicado, el jefe de la OMS añadió una advertencia que ilustra el caos en la región. “El este del Congo –subrayó- se enfrenta a una colisión catastrófica entre enfermedad y conflicto”.

